lunes, 21 de enero de 2008

Sigo teniendo la última palabra/ Entrevista a Juan Formell


Los orquesta cubana Van Van cumplirá 40 años en el 2009. Su director responde en exclusiva para Juventud Rebelde peliagudas preguntas, sin vacilar ni pensarlo mucho
Por: Yelanys Hernández y Dora Pérez
Correo: cult@jrebelde.cip.cu
20 de enero de 2008 00:41:25 GMT

No es como la mayoría de los salseros cubanos. No usa cadenas ni otras joyas. En la sala de su casa, una amplia mesa de centro muestra su colección de ranas: plásticas, de barro, tomando el sol o tocando la guitarra, que ha ido acumulando durante años.
Es un sonero que busca en cada jornada cambiar el espectro de lo eternamente establecido. Un renovador de la música que no se cansa de admirar a los Beatles y a Marilyn Monroe.
Juan Formell Cortina es un comunicador. Inteligente, con respuestas amplias para las más peliagudas preguntas, sin vacilar ni pensarlo mucho. Nació en La Habana el 2 de agosto de 1942. Vivió el arte desde su infancia gracias al padre, un artista de oficio que tocaba flauta, piano, y era director de orquesta.
Para muchos, su trabajo se inició en la orquesta Revé, donde empezó a experimentar con algunos instrumentos que no estaban incluidos en las orquestas charangas. Sin embargo, ya desde 1965 varios de sus números habían sido incluidos por Elena Burke en un disco suyo, del cual Formell hizo el arreglo musical.
Pero es Van Van su gran proyecto. Una orquesta que irrumpió en diciembre de 1969 con una carga melódica diferente a agrupaciones similares. Casi cuatro décadas después, y con alrededor de 30 fonogramas, Formell y sus muchachos siguen en la preferencia de los cubanos, quienes se aprestan para escuchar Arrasando, el disco que verá la luz en 2008 y del que ya se escuchan temas en la radio.
—En los años 60 del pasado siglo hubo un descenso en el gusto por las orquestas soneras, ¿a qué se debió?
Formell junto al conocido reguetonero puertorriqueño Don Omar.—Coincidieron varios fenómenos. Uno, la aparición de los Beatles, un hecho muy importante de la música a nivel mundial, y que a finales de los 60 se separan. En Cuba, erróneamente, se prohibió transmitirlos en la radio, algo muy raro que aún no se sabe por qué ocurrió, y que solo contribuyó a que la gente los oyera clandestinamente.
«A raíz de su desintegración, el público tomó más interés en ellos. También fue la etapa de oro de grupos españoles como Los Brincos, Los Mustang, que prendieron mucho aquí.
«Murió Benny Moré en el 63. La orquesta Aragón empezaba a declinar. Entró Peyo El Afrocán como un fenómeno increíble, pero lo que hacía no era un baile de salón. Todo eso conllevó a que la gente perdiera interés en la música cubana, sobre todo la bailable.
«Esa realidad me motivó mucho. Me impulsó a hacer cambios sin abandonar la estructura del son cubano. Me serví de la orquesta Revé, que era una agrupación charanga, e incluí timbres diferentes y sonoridades más internacionales».
—¿Por qué músicos foráneos desconocieron en un inicio esos recursos a los que usted apeló para ampliar los conceptos del son cubano?
—La música popular cubana es una de las cosas que más ha dañado el bloqueo, pues ha hecho que esta se desconozca. Milagrosamente nosotros ganamos un Grammy. Pero el disco te lo engavetan y no se vende como se debe, y a un artista que viva en la Isla le cuesta mucho trabajo insertarse en ese mercado.
«En 38 años, la orquesta se ha ganado un prestigio a nivel internacional. Es la mejor agrupación de música bailable en la historia musical de la Isla. Eso se reconoce, a veces públicamente, a veces no. Tú te sientas a hablar con Oscar de León o Gilberto Santa Rosa y te dicen maravillas personalmente. Pero cuando los entrevistan, casi ni hablan sobre ese tópico y muchos afirman que ni te conocen. Es complicado, porque hay un problema político detrás de eso.
«De todas maneras, el aporte de Van Van es muy importante, y esto, si no se conoce ahora, se sabrá en algún momento. No sucede solo con nosotros. Hay muchos fenómenos artísticos que han sido vetados y bloqueados y no han podido entrar en los mercados».
—¿Qué significó para Van Van actuar en Miami?
Juan Formell junto a su esposa Diana y el conocido salsero boricua Gilberto Santa Rosa.—Ya habíamos hecho giras por todo Estados Unidos mucho más significativas antes de ir allá. Hemos trabajado en el Hollywood Bowl, un anfiteatro donde tocaron los Beatles y los Rolling Stone, y también en el Carnegie Hall. Eso para mí tiene una mayor trascendencia, porque nos insertamos en un mundo muy difícil, en el del espectáculo.
«En Miami hay una gran cantidad de cubanos, cuya realidad no es la de otros que habitan en Italia y España. Estos últimos se comportan de otro modo.
«En Estados Unidos la gente está más enredada con la política, están muy presionados porque hablar de Cuba es malo. Y los Van Van no hacen música política, y no puedes decir que por vivir en la Isla somos malos.
«Miami me interesa como mercado, porque hay muchos cubanos allí. Pero hay otro mundo que me gustaría conquistar, como el continente asiático: Japón, China y Vietnam, donde la gente ni siquiera habla nuestro idioma. Esas cosas me atraen más que fajarme con el público de Miami».
¿Qué tiene Van Van que sigue ahí?
—En los años 70 y 80, Van Van cronicaba la vida cubana de entonces en sus canciones. ¿Por qué ahora cantan principalmente temas de amor? ¿Ya no les interesa reflejar la realidad?
—Se canta de todo, no solo temas de amor. Sucede que hay etapas en las que el compositor se nutre de frases que se oyen en la calle y te apoyas en ellas para escribir. Hubo un tiempo en que la gente decía: «Eso que anda« o «Que se sepa», y basado en eso contabas una historia. Esa es una fórmula para hacer una crónica.
«Otro método es basarte en una puesta de teatro, como sucedió con La Habana no aguanta más, a partir de la obra La Barbacoa, de Abraham Rodríguez. Después me dieron la responsabilidad de escribir la música de la película Los pájaros tirándole a la escopeta y salió Y qué tú crees.
«Las épocas son diferentes y la gente cambia. Hay otra fórmula a la que comencé a temer. Hubo quienes empezaron a emplear palabras muy feas, incluso algunos reguetones facturados en Puerto Rico. Me dije: “Mejor no vamos a pegarnos a esa corriente, no vaya a ser que también nos juzguen con esa misma vara”. Mas continuamos haciendo crónica social, no la hemos abandonado totalmente».
—En los años 90 varias orquestas de música popular fueron acusadas de emplear textos vulgares. Nadie mencionó a los Van Van. ¿Cómo se las arregla Formell para mantener la cubanía en sus temas sin caer en la chabacanería?
—Para mí la chabacanería es llamar a las cosas por su nombre, tal y como son, sin crear la finura y lo bonito del doble sentido con que hablamos los cubanos. En la música popular hay cosas que para que sean ricas, y la gente las disfrute, debes emplear una frase específica, que no tiene que ser chabacana.
«Si analizas ejemplos que nos antecedieron: Chapotín, Matamoros... El “Cuidadito, Compay Gallo”, de Ñico Saquito es una historia muy ingeniosa, pícara, preciosa. Tampoco es vulgar eso de: “Dile a Catalina que se compre un guayo, que la yuca se me está pasando...”.
«Aprendí de esos autores. Ellos abordan una temática para que el público piense lo que quiera. Fíjense en: “La mujer de Antonio camina así...”. ¿Cómo caminaría, por ejemplo, para un fotógrafo, la mujer de Antonio? Todos tenemos una mujer de Antonio, porque cada cual tiene un modelo femenino que le gusta.
«Un tema de Van Van en los 80 decía: “Si yo subo la loma, voy detrás de ese mulo...”. Antes del estribillo había una historia previa, que explicaba que para subir una loma había que ir detrás de un arriero. Sí tú pensabas otra cosa era tu problema. Esa es la base del doble sentido y no es chabacano. Ahí está la razón por la cual a Van Van no lo han acusado de eso».
—¿Cómo se consigue mantener el éxito en un país tan bailador como el nuestro?
—Lo más importante para nosotros es el bailador. Él decide el juego. Si el público no baila, hay que revisar qué pasa, porque lo que estás haciendo no sirve.
«Esta música es masiva, no es de élite ni mucho menos. Es para disfrutarla todo el mundo. He visto grupos tocando y las personas sin moverse. Y el cantante diciendo: “Con la mano arriba, vamos a gozar”, y no sucede nada. Es horrible.
«Por eso, cuando la gente le dice No al reguetón, yo opino: Si ellos lo bailan y lo cantan es por algo. Las masas no se equivocan. Puede existir un exceso de difusión u otro fenómeno adicional, pero si es popular es porque tiene valor. Después la vida dirá si trasciende o no».
Cambios necesarios
—¿Puede mirarse a Van Van como una orquesta escuela para las distintas generaciones de músicos cubanos?
—Creo que sí, porque por aquí pasaron José Luis Cortés y César (Pupi) Pedroso. En esta última etapa también hay ejemplos. Decidí, no por ser una persona enferma, sino lastimada por los años —soy diabético, me cuestan mucho trabajo algunas cosas, y previendo el día en que no esté—, hacer cambios. Tantos, que fui el primero que me cambié.
«Traje a un bajista, pues necesitaba un muchacho nuevo que tocara el instrumento “macho” de verdad, y ya mis manos estaban débiles. A partir de ahí, ha entrado una cantidad de jóvenes como el tecladista Boris Luna, mi hijo Samuel; Cucurucho, el pianista, entre otros. Ellos componen y hacen arreglos, siempre bajo mi criterio y mi punto de vista».
—¿Dejó Juan Formell de dirigir la orquesta?
—Yo la sigo dirigiendo. Una orquesta de música popular tú no la puedes guiar con una batuta en la mano, como una orquesta clásica. Las agrupaciones de música popular las rige, por lo regular, quien forma parte del grupo.
«Considero que el director es quien compone, hace los arreglos, logra que se mantenga el sonido característico desde el primer tema de la agrupación. ¿Por qué?, pues porque la primera vez que pegué un número, La caldera, muchos me comentaron: “Qué bárbaro, lo pegamos”. Pero a los cuatro meses la gente decía: “Oye, ¿no tienes otro igual?”. Y pensé: Igual, no, pero debe funcionar como el otro, que fue popular. Y volvieron a decirme: “Lo pegamos otra vez”.
«¿Ustedes se imaginan eso durante 38 años, incluso aunque el cantante principal pega’o te pida irse, o debes sacarlo de la orquesta? Entonces tienes que buscar otro intérprete, que quizá no puede cantar lo mismo, lo que te obliga a componer cuatro números que peguen enseguida.
«Actualmente los muchachos jóvenes del grupo cuando escriben se apoyan en la sonoridad de Van Van. Claro, con ideas más jóvenes y revolucionarias, pero con esa base. Y así sigue sonando la orquesta. Es un sello que se mantiene.
«Mi hijo Samuel lo aprendió y eso hace que exista un relevo con una experiencia de muchos años, asesorado por mí. Pero sigo trabajando, dando el visto bueno, escribiendo música y componiendo. A la hora de grabar u organizar un concierto, decido lo que está bien o mal. Tengo la última palabra».
—¿Afectó al sello de los Van Van la partida de Pedrito Calvo y César (Pupi) Pedroso?
—No lo creo. Aunque son músicos importantes, la orquesta siguió. Ellos marcaron una etapa de los Van Van. En el caso de Pupi, arreglista y compositor, creo que me lastimó un poco más que Pedrito. Este último, aunque fuera una imagen atractiva, se podía sustituir más fácilmente. Sin embargo, un compositor, no.
«Lo que tiene valor es el tema. Y Pupi es de pegada. Sus éxitos en Van Van se recuerdan, como Tranquilo, Mota y Seis semanas... Me lo sentí. No obstante, la orquesta sigue ahí y no va a pasar nada».
¿Una mujer en Van Van?
—¿Incluyó una voz femenina por seguir la moda o por ganar un timbre nuevo?
—Ninguna de las dos cosas. Empecé a revisar el resultado práctico de la orquesta, ya que debemos hacer dos giras internacionales al año: una de verano y otra de invierno, de más de 20 conciertos en cada una. Tenemos que viajar más de 10 o 12 horas diarias en un autobús o estar, a veces, en un aeropuerto seis horas porque el avión se atrasó.
«El Tren», como muchos conocen a Los Van Van, ha mantenido su andar por 38 años consecutivos. Foto: Calixto N. Llanes«Tocar todos los días un concierto de más de dos horas y media es muy fuerte, pues los cantantes tienen una doble función: hacer los coros y los solos. El coro desgasta más que el solo, porque puede durar hasta diez minutos. Eso lastima mucho al cantante, más si es diario. Sin embargo, la mujer tiene una tesitura diferente al hombre y lo que para ella es mucho más cómodo, para el hombre resulta agudo.
«Los coros de Van Van se reparten en diferentes voces: la voz más aguda es la que hace Mayito —el cantante más importante. Él se me lastimaba mucho con los coros, pero a Yeni le quedan comodísimos. Ese fue el primer motivo.
«El segundo fue aquel team Cuba, donde José Luis Cortés la sacó a cantar y me dije: “Esta chiquita canta muy bien”. Yo sí sabía lo que ella cantaba. Cuando entró en la orquesta muchos cuestionaron su presencia, y yo contestaba: “Dejen que la gente la empiece a oír bien, tranquilos...”.
«En la historia de la música cubana no ha habido muchas mujeres soneras. Por lo general, la mujer en Cuba se va por la cancionística: el bolero, las baladas. Ha habido excepciones: Omara Portuondo, Elena Burke y algunas otras figuras.
«Pero no ha habido tantas soneras que se inspiren y posean esa capacidad como los hombres, porque las palabras son otras. A ellos les es fácil decir: “Mulatona, qué rica tú estas”. Eso dicho por una mujer es más difícil, ella tiene que improvisar de otra manera. Y creo que Yeni lo hace muy bien.
«Lo otro fue sustituir a Pedrito Calvo, que en su última etapa, más que una voz era una imagen muy fuerte, y cubrirla no iba a ser fácil. Si yo ponía al Lele solo, lo iban a comparar con Pedrito, y me lo hubieran asesinado. Quien cogió los palos fue Yeni.
«Lo hice a propósito. Sabía que iban a hablar de la mujer y a él lo dejarían tranquilo. Esa fue la estrategia que usé y funcionó. Poco a poco Yeni convenció a la gente y con el Lele nadie se metió. Él, aunque no tiene las mismas posibilidades vocales de Mayito, posee gracia y carisma».
El son está en peligro
—¿Cómo valora el estado actual de la música popular cubana?
—Considero que no se está viendo un relevo serio en la música popular cubana que asegure su futuro. No se palpa por ningún lado. Unos emigran, otros se pasan tiempo actuando fuera de Cuba y pierden el vínculo con su público.
«Existen muchos problemas. Uno de ellos es que los músicos no ganan un salario. O sea, la orquesta puede estar parada por X razones y no estamos ganando nada.
«También funciona la ley de oferta y demanda. Yo pido, y si tú me quieres pagar, perfecto. O no me quieres pagar y no me muevo, o acepto tus condiciones. A mí me han hablado de músicos que trabajan por la merienda. Estamos en una situación bastante crítica.
«Por eso, lo que están haciendo algunos es moviéndose un tiempo para Cancún, Veracruz, Mérida... Eso es malo para la música cubana, porque la gente trata de buscar contratos largos, no de unas semanitas. Hay quienes llevan casi dos años lejos. Vienen, cambian el pasaporte, la visa y se van. Grupos que llegan con empuje, uno ve que desaparecen del panorama. Y no es que hayan abandonado el país, sino que trabajan afuera para poder mantenerse.
«Si están aquí, a veces se pasan hasta tres meses sin actuar. Nadie los llama. No hay demanda. Hemos hecho un trabajo para defender agrupaciones que tienen valor, y las incluimos en las presentaciones de las grandes orquestas, que son, en definitiva, las que garantizan el público.
«Productores de discos, músicos y cantantes estamos formando una comisión con la UNEAC para elaborar un documento con todas estas preocupaciones.
«Hemos planteado que músicos de orquestas de segunda categoría tengan un salario, para asegurar que permanezcan y creen cosas nuevas. Si seguimos así, la misma crisis que se dio en los 60 puede volver ahora. A muchos no les va a gustar lo nuestro y sí lo foráneo».
—¿Qué ha sucedido con los lugares donde se presentaban las orquestas de música popular?
—Prácticamente no existen, aunque la gente los pide. El espectáculo es el del bailador y la orquesta. Se necesita de ese contacto cercano.
«Ahora están El Capri y la Macumba, que se llenan. Y la Tropical, que la han cogido para música rock. Yo digo: “Ese es el salón Benny Moré, de música popular, déjenlo para eso”. Hay otros espacios más adecuados para que la gente escuche rock y rap. Desvirtuaron lo que es la Tropical.
«También están las Casas de la Música que pertenecen a la EGREM. Pero hay una cosa: es complicado que la gente tenga que pagar una entrada en 25 CUC. Ustedes saben lo que significa esa cifra para un cubano. Y otros espacios donde podrían trabajar grupos pequeños los están utilizando con humoristas y música grabada, porque sale más barato.
«Es una situación peligrosa, porque cuando se den cuenta se habrán perdido muchos sitios. La juventud no tiene dónde bailar. Va a un teatro un día, pero también quiere otras opciones. Muchos van a tomar ron al Malecón y eso no es sano. Debe haber lugares asequibles a la población».
La familia, la vida, los sueños
—¿Ha podido incursionar en otras manifestaciones del arte?
—No, aunque me gusta pintar y escribir. Una vez, hablando con Miguel Barnet, me comentaba: «Yo escribo un libro, pero no tengo capacidad para hacer historias en tres minutos y sintetizarlas. Y tú lo haces en una canción». Eso es verdad, pero me hubiese gustado escribir un libro. Quizá esté a tiempo de hacerlo, porque estoy en una fase en la que no toco todos los días con la orquesta.
—¿Está casado actualmente?
—Si, con la mamá de mi hija más chiquita, que es mucho menor que yo. Llevamos casi 20 años de matrimonio y ha sido el que más ha durado.
«Me considero una persona estable. No digo que sea un hombre modelo ni mucho menos, he hecho horrores, pero uno no se arrepiente. La vida te va llevando por aquí y por allá. Si rectificas a tiempo, lo logras».
—¿Cuánto ha afectado el trabajo al Formell esposo y padre?
—Soy un padre muy complicado. El músico a veces tiene que desatender a la familia y esta pasa a un segundo plano. Eso no es bueno. He tenido muchos problemas, sobre todo con los hijos, de malos comportamientos, de no entendernos...
«Un día lo resolvimos, aunque el saldo es negativo, porque en los momentos en que el niño necesitaba que estuviera, no estaba. O estaba, pero en otra cosa. Y eso pesa cuando uno va cumpliendo más años y se da cuenta de los errores que cometió.
«Por suerte, al final todos mis hijos me adoran y han perdonado mis errores. El mayor, Juan Carlos, tiene 43 años. Toca guitarra y vive en Nueva York. Ha estado nominado dos veces para los Grammys. Samuel tiene 40 años. La tercera se llama Elizabeth, tiene 39 y trabaja conmigo.
«Le sigue Vanesa, con 30, que también canta. Y Paloma, la última, estudia piano y tiene 18. Tengo tres nietos. En fin, no creo que haya sido un mal padre en sentido general, pero no ha sido fácil, y pienso que eso les pasa a casi todos los artistas».

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